“Cuando mueren los apegos, nace la libertad”

Los niños y niñas acuden al centro de Educación Infantil con un estilo de apego interiorizado como resultado del patrón relacional que han vivido con sus figuras adultas de referencia en el ámbito familiar. Con la llegada a la guardería, los niños y niñas van ampliando estos vínculos, desarrollando nuevas figuras de apego como puede ser el educador/a.
El maestro puede ser una figura de apego, ya que se convierte en un adulto de referencia durante la primera infancia con características propias de figura de apego.

Lo normal es, tanto en el hogar como en la guardería, responder a la demanda de atención del pequeño. Pero si el reclamo es constante, las causas ya no están tan claras, podría tratarse de un caso de apego excesivo.

Un bebé no puede valerse por sí mismo y necesita, por tanto, la protección de sus adultos de cuidado, sobre todo en los primeros meses de vida, en los que dicho adulto es el principal proveedor de alimento y cuidados, convirtiéndose en su figura de apego. Pero, a medida que crece y adquiere nueva habilidades, va necesitando menos ayuda y haciéndose más independiente, adquiriendo la libertad necesaria para la etapa.

Sin embargo, puede sufrir momentos de regresión, que no son más que periodos de inseguridad en los que se aferran a un adulto de cuidado para intentar recuperar su estabilidad interna.

Existen muchos motivos que pueden desencadenar estas situaciones de apego excesivo, unos debidos al momento evolutivo que están atravesando, o a otras razones externas (como una enfermedad). La buena noticia es que suele tratarse de episodios pasajeros y fáciles de solucionar.

No existe una edad que determine la aparición de exceso de apego en el niño o niña, sin embargo, independientemente  de la edad, el apego se considera negativo cuando comienza perjudicar al pequeño o pequeña.
El principal síntoma de apego excesivo es la aparición de conductas regresivas. Estas conductas suponen el retroceso en determinados logros obtenidos a lo largo del tiempo, como puede ser, retroceso en el control de esfínter, dificultad de sueño, inapetencia…

Para cambiar esta situación, lo más adecuado es un proceso gradual hasta que se alcanza un equilibrio sostenible, donde la figura de apego y una nueva persona, que actúe como colaboradora, logren estabilizar el exceso de apego.